Un té junto al sweater que de seguro me olvidaré de llevar, unas llaves en el bolsillo que son lo único que me indica un lugar, donde debo estar. Un recorrido imprevisto y un deseo, no querer regresar. El destino se quedo atónito y aún aguarda con la mano extendida para poderme llevar, dibuja miles de días y cree que preverlo todo es lo normal, y yo ya no quiero explicar mas que ser predecible y monótono no integra el deseo del simple mortal. Solo busco un sitio o ese lugar, donde deje ser sujeto en mi realidad, donde se filtre el aire nuevo un viento sur que está próximo a llegar.
Y ese grito del viento que acopla en mi pecho, me abraza y no me quiere soltar, se desliza en el ventanal, golpea y con su fuerza vierte todo y el líquido se reposa porque se deja encandilar. No hay sendero inhabitado, no existe aire sin respirar, se le agradece a lo único puro que se puede apreciar. Y es justo esa paz con la cual quiero viajar, desecho mapas, y deshago los nudos que mi limitan de libertad.
No le pongo rotulo a lo que siento, ni me quiero despegar, me entrelazo en el ambiente, y es una sensación ideal, si se quiere agitar el alma para volverse a reencontrar, o si simplemente se quiere presenciar que el hecho de estar nos acerca a lo real, nos aparte de la idealizada realidad, y nos sumerge en el abismo de que lo relativo que puede ser elegir ser o estar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario